Cartas de amor & ventas

¿Te acuerdas de cuando no existía Instagram? ¿Ni Tinder?

Había que salir los fines de semana.

Todos.

Al menos eso pensaba mi mejor amigo.

  • Iván, tengo que estudiar para un examen.
  • Bueno, tú verás, siempre tendrás más convocatorias.
  • Iván, tengo fiebre. Estoy fatal, tío.
  • Bueno, tú verás, esto pasará y la oportunidad de conocer a una chica también.

Teníamos nuestro propio sistema para ligar. Detestábamos a los buitres, sobones, pulpos y demás criaturas nocturnas.

De acuerdo. Teníamos más ganas de pillar que ellos, pero éramos universitarios y veíamos pelis de Tarantino. Eso nos convertía en honestos captadores de tráfico orgánico femenino.

Honestos.

Estudiosos del arte de ligar. Nos comíamos bien poco.

Una de esas noches en las que desplegamos nuestras inútiles armas de seducción masiva, vi a una chica desde lejos.

Me acerqué.

Estaba perplejo. Era la chica más linda que había visto en mis veintipocos años de vida.

Lo prometo.

Ella miró un segundo hacia mí.

En ese instante algo ocurrió. La música paró de golpe. La gente enmudeció y un foco de luz la iluminó des…

Que nooooooo. Eso solo ocurre en Illinois, Minnesota, o algún estado de la América profunda. Allí los encuentros gozan de mucho glamour fortuito…

En Andalucía era algo distinto.

Quillo Iván ¡LA MORENA!

– ¿Qué moneda?

– ¡LA MORENA, COÑO!

– Ah. ¿Dónde, DÓNDE?

– La de allí.

– ¿La de azul?

– No la de rojo.

– ¿LA DE GAFAS?

-Esa NOOOO. Más pa ATRAAAAAA.

-Aaaaah. Ostras. LA DE ROJO MORENA.

– QUE SIIIIIIIIIIIIIIIIII.

-Tremenda. Espectacular.

Le faltó decir inaccesible.

Tenía alrededor de ella un montón de moscones. Su propio séquito. Eran como un programa de afiliados 1.0 en busca de su comisión particular.

Mi amigo Iván me dio una alternativa para captar su atención.

  • Escríbele una carta, Roberto. Recibe multitud de solicitudes y halagos un sábado por la noche, pero piensa en un martes por la mañana.

Menos ruido, menos tráfico, mayor conversión.

Sí señor. Marketing amoroso de entresemana.

Dicho esto o algo parecido me puse manos a la obra. Conseguí su dirección. No era difícil porque era muy popular. Le escribí aquella carta.

Más de quince años después, me encuentro un papel doblado dentro de una carpeta en el trastero.

Era el borrador de aquella carta.

Lo leí.

¿Era romántico? Sí, claro, tenía incluso una pequeña poesía. Pero era algo más que eso…

Era un texto persuasivo. Con copy.

75% persuasivo, 20% romántico, 5% faltas de ortografía…

¿Y qué es lo que más me sorprendió de aquel manuscrito? Pues que no tenía ninguna petición.

La pelota estaba en su tejado. No había súplica o ruego alguno. No demostraba ninguna necesidad.

¿Qué llamada a la acción incluía?

¿Invitarla a cenar? ¿Una paseo romántico? ¿Regalarle la entrada de un piso de protección oficial si respondía antes de medianoche? Nada de eso…

Curiosidad.

El copywriting no hace milagros ni va de pociones magistrales. Pero si creas curiosidad sucederá algo seguro. La gente seguirá leyendo y leyendo hasta el final.

Eso aumentará las posibilidades de conversión. De venta. De consecución de sexo salvaje. De amor eterno o lo que quiera que sea que vendes.

Conseguir ventas es muy parecido a ligar. Muestras tus beneficios, haces una propuesta y lo dejas reposar, pero jamás demuestres necesidad.

Si no eres un buitre y quieres vender, puedes utilizarlo cuando y donde quieras. De lunes a viernes. Fines de semana también.

Aquí, en Arkansas y en Torremolinos.

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